El vino más caro subastado

En Nueva York acaban de subastar por 812.000$ una botella de vino. ¿Lo vale?

Lo que hace al vino revalorizarse rara vez tiene que ver con su etiqueta o su región de procedencia. Es su historia lo que le da valor. Una historia que suele comenzar décadas o siglos atrás y en la que influyen diferentes factores para que en la actualidad, botellas de vino se estén vendiendo o subastando por cientos de miles de euros.

Uno de esos factores es la narrativa del vino. Bodegas que han pertenecido a aristócratas o familias célebres. Botellas que, se dice, han formado parte de la colección de alguna figura ilustre o la realeza. Como ocurre con los autógrafos de los famosos, hay gente dispuesta a pagar altas sumas dependiendo de qué celebridad haya poseído esa botella antes.

Otro de las causas que repuntan el precio de ciertos vinos es la especulación. Y es que como pasa con el arte, muchas veces el precio del vino depende de que alguien esté dispuesto a pagar más por él que la persona anterior. Esto ha hecho que este mismo mes de abril, se haya subastado por el precio récord de 812.000$ una botella de Romanée Conti de 1945. Aunque en este caso influyen otros elementos, como el reconocido nombre de la bodega francesa y su asociación con la excelencia en cada botella, no deja de ser un precio que alguien pagaría solo por poseer esa botella como una preciada reliquia. Como si de una obra de museo se tratara. Y es que aquí viene otra importante parte de la ecuación: estos vinos tan sonados tienden a revalorizarse porque nadie se los bebe. Esta botella ya había sido subastada previamente, y antes de eso, desde 1945 que se embotelló, puede haber cambiado varias veces de manos. Por lo que el precio no ha ido aumentando porque el vino sea cada vez mejor. Nadie sabe si lo es. Nadie lo ha probado. Es el vino de Schrödinger: está bueno y malo a la vez. Y este misterio aumenta su leyenda.

Si bien no hay un estándar o listado oficial que diga que vino es mejor (o mejor dicho, hay tantos que cuesta fiarse), el corte suele marcarse por las bodegas que venden vinos más caros, las que embotellan menos cantidad para crear sensación de exclusividad y las que tienen nombres que más suenan al público general. Y es que decir ciertas bodegas, como Vega Sicilia, o regiones, como Borgoña, para muchos ya es un sello de calidad. Pero esto no basta para que coleccionistas estén dispuestos a pagar por estos vinos lo que costaría un ático en una gran ciudad. Para que lo hagan hace falta calidad, historia, procedencia y muy buen márketing.

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